Neblina - Sinuoso relato por entregas Tres
Nadie puede poner en duda la realidad de mi existencia. Nadie puede negar que esté escribiendo. Puedo ver el reguero de signos que va defecando mi birome comandada por mi mano ciega y obediente; signos, por otra parte, que comprendo y que otros comprenden y con los que expreso esto que ahora estoy pensando y que deposito sobre los renglones de este cuaderno, - que es mío- como afirmación y prueba, como ofrenda y límite del espacio que conquisto, que ocupo y que defiendo. En todo caso yo tengo el derecho de dudar de todo, de absolutamente todo; tanto de los personajes, como de las circunstancias de esta historia que hoy, como indiscutible indicio de mi corporeidad sobre este mundo me he propuesto contarme para intentar borrar definitivamente las dudas y la angustia que pesa sobre mí desde que todo esto comenzó. En primer lugar dudo de la existencia de Oliverio Brausen, ese nombre que no es para mí más que eso: un nombre; un fantasma sin entidad precisa, insinuado y sublimado por una mente imaginativa que logró persuadirme y despertar en mi propia imaginación dudas, fantasías y temores que, con efervescente poder, fueron envolviéndome en esta bruma densa de desolación y perplejidad y modificaron el curso normal -y monótono si se quiere-, de mi vida. Porque lejos de erigirse como creador absoluto y todopoderoso, Oliverio Brausen se me representa como una unidad nominal y nada más que nominal, casi una excusa, una necesidad si se quiere, a la que otros llaman Dios tal vez, en la que convergen, -o mejor, a la que hacen converger quienes tienen esa necesidad-, todos los actos y las consecuencias de los actos de nuestras vidas. En todo caso se me representa como un ente fragmentario y amorfo, cobarde y huidizo, que pretende someternos a una voluntad perversa, -la suya-, esclavizándonos y torturándonos simplemente para divertirse… Si le reconozco el atributo de cierta voluntad, le estoy concediendo poder; un poder capaz de intervenir, transformar y controlar; y me estoy equivocando… Por otra parte si me he topado con Pablo Austero en mi camino, es que, más allá de las pruebas que esgrime y de su vívido y conmovedor relato, él no pudo ser uno de los protagonistas del episodio. No dudo del acontecimiento; me consta que ocurrió y me impresionó bastante esa atrocidad. Vi la noticia en el informativo de la tele el mismo día que ocurrió y al día siguiente compré los principales diarios y todavía hoy conservo los recortes de los periódicos; tengo esta costumbre cuando un suceso me impresiona, me preocupa o me alegra. Entonces quien dice ser Pablo Austero –figura ese nombre en los diarios-, no puede ser Pablo Austero…sin embargo dudo de mi duda; dudo sin convicción; le creo, en el fondo le creo…y me angustia creerle…y al mismo tiempo me provoca esta necesidad de escribir; de explicarme y desentrañar el misterio de su aparición, el enigma de lo que me contó, la intrigante –y poética si se quiere- manera de despedirse, y el curioso destino de interprete y narrador de toda esta patraña que me adjudicó despertándome esta sensación de desasosiego de la que hasta hoy, no he podido liberarme. Oliverio Brausen no existe. Debo escribir para confirmar mi realidad y refutar las palabras de Pablo. Esa afirmación rotunda y confidencial que me hizo aquella noche como corolario de nuestro azaroso encuentro: Alguien nos escribe pibe, dijo, y a partir de ahí todo fue distinto en mi vida. Pero será mejor que empiece por el principio, que aclare y cuente cómo fue que conocí a Pablo Austero. Si, debo pensar en escribir ese encuentro. Debería intentar explicarme todo; desentrañar el misterio, desarmar el rompecabezas, desparramar las piezas sobre la mesa, examinarlas una por una y volverlo a armar. ¡Eso!, debo tomar esto como un juego.
Trabajo de noche. Entro a las seis de la tarde y salgo a las dos los días de semana y a las tres, cuatro, o a las cinco de la mañana, algunas veces los viernes y los sábados, principalmente cuando se acerca fin de año y la gente festeja. Trabajo como ayudante de cocina en un restaurante caro. Vivo lejos de donde trabajo. Vivo en Burzaco y trabajo en Palermo en la zona que hace unos años comenzó a llamarse Palermo Hollywood; dicen que se llama así porque por ahí hay muchas productoras de cine y de televisión. Para llegar desde mi casa al trabajo tomo un colectivo hasta Constitución y ahí otro que me deja a dos cuadras del restaurante. Podría tomar el tren, pero mi casa queda a doce cuadras de la estación y el colectivo pasa a dos de mi casa; así que prefiero salir un rato antes y viajar tranquilo, y aunque demore un poco más, y llegue un poco más tarde cuando vuelvo, me siento más seguro en el colectivo. La estación Constitución y el tren a la noche son tierra de nadie, como quien dice: muchos borrachos y pibes drogados; chorros y gente andrajosa pidiendo plata. En los alrededores de la estación no es muy distinto, pero el colectivo viene bastante seguido y a veces me encuentro con algún vecino y me siento más seguro. El colectivo a esa hora viene lleno de gente que trabaja en restaurantes. Me doy cuenta por las conversaciones y por el olor a ajo, cebolla, ají, frituras, en una mezcla, que aunque parezca raro, no es tan desagradable. Para mí al menos. En definitiva es olor a trabajo; a nuestro trabajo. Es producto de horas expuestos a los vapores de los alimentos a altas temperaturas amalgamados con el sudor: la piel se impregna de perfumes extraños que es difícil despegar. Aparte hay muchos restaurantes que no tienen para bañarse, o si tienen, la ducha no funciona o el lugar es un asco. Algunos apenas si cuentan con un roñoso vestuario maloliente y oscuro para cambiarse. Si los clientes vieran el descuido de los lugares internos de muchos restaurantes, como en el que yo trabajo, no se si comerían allí. Por ejemplo en este, el baño del personal está en el mismo espacio que sirve de vestuario y se compone de dos mingitorios y un gabinete donde está el inodoro. Bueno, el gabinete donde está el inodoro -uno para veintitrés personas que trabajamos allí-, no tiene puerta, y si uno tiene que defecar lo tiene que hacer delante de todo el mundo, como quien dice. La puerta se rompió y nunca la hicieron arreglar. Además, como también hay pérdidas de agua que nunca arreglan, el piso está siempre embarrado. Los chicos lo limpian, pero con las pisadas continuas, siempre es una mugre. Pienso que hay restaurantes que son como una manzana podrida: toda hermosa y reluciente por fuera y cuando uno la corta, se encuentra con lo podrido…Ahora que soy escritor se me ocurre cada cosa. Y que ahora escriba tiene que ver con lo que me pasó una noche que esperaba el colectivo en Constitución para volver a mi casa. O mejor dicho con muchas cosas que allí me sucedieron, de las que, la que me propongo contar fue, para mí, la más importante. Porque lo que quiero contar empezó allí, pero no es sobre mí y en realidad no voy a ser yo el que lo cuente, o si de alguna manera, no sé…pero no es de mí de lo que quiero hablar -o escribir-, sino de Pablo Austero, y las circunstancias en que lo conocí. |